Somos tantas cosas. Somos círculos y amigos. Somos gestos que inventamos. Somos paradigmas y argumentos. Somos lo que hacemos para evadir lo que somos. Por dentro… somos tan nosotros, tan sinceros, tan reales. No podemos mentirnos. Aquí se encuentra un mundo libre de las apariencias y los estúpidos formalismos. Aquí se encuentran las palabras que realmente usamos y la cinta que se repite y se repite de lo que en verdad quisiéramos decir, pero callamos. Aquí, frente al espejo donde hoy practicaba no ser yo, para mi personaje de la obra teatral, descubrí que me era difícil no admitir que esos ojos eran de alguien más, guardado dentro de mí, esperando a que terminara mis líneas. Luego, tuve que enfrentarme. Ahí estaba yo. Somos lo que vemos al espejo, bueno o malo, eso somos. Bueno y malo, eso somos. Allí estaba ese ser que escribe infantilmente y que admira, en silencio, a quienes lo saben hacer; ese ignorante y débil. Sabiéndome nadie y odiando serlo; sabiéndome Inútil y menos sabio que la mayoría. Ahí estaba yo: la obra maestra de el destino: nadie; la paradoja de la vida, yo. La expresión más pura de “individuo”: un ser, una mente, un espíritu, un cuerpo y, a partir de allí, nadie; el resultado de lo que la sociedad ha formado. Mil ideas sin poder explicarse, una poesía que no sabe componerse, una canción guardada en la mochila rota. Nada interesante, yo.
Somos tantas cosas, pero por dentro, somos tan nosotros. Compromisos y horarios, formas de hablar y un vestuario, gente importante y burocracias, palabras vacías, mentes sin vida, ojos sin luz, odios y envidias. Basta con buscar un poco por dentro, donde no hay moldes, donde olvidamos la verdadera vida; basta con mirarse al espejo.
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